Javier López-Galiacho

Javier López-Galiacho


Del Albacete perdido

21/11/2023

El sábado me crucé con un sabio de la historia de Albacete, el profesor Garcia-Sauco. Aquel Luigi, como lo apodábamos en el Instituto del campo de fútbol, quien junto al maestro Alfonso Santamaria prendieron en nosotros la llama de la defensa del patrimonio de Albacete en tiempos de la Transición. Hacía años que no coincidíamos. Sigue teniendo ese aire despistado de genio y un hablar propio del que almacena dígitos de sabiduría. Aproveché para recordarle que la noche de antes me dieron las tantas leyendo su trabajo sobre las tablas del renacentista Juan de Borgoña ocultas en la Iglesia de la Trinidad de Alcaraz. Él ya las avistó hace años tras pobres repintes y purpurinas y solicitó hacer unas catas. Al coincidir cerca de nuestra Catedral, le recordé su magnífica tesina en la Universidad de Sevilla sobre el valor del templo. Sus columnas, me recordó, son las más bellas del Renacimiento español. Así las pensó el gran maestro de Castilla, Diego de Siloé, con dibujos del nos menos genial, Jerónimo Quijano. Me relató la misteriosa desaparición en la guerra de su gran retablo central barroco y los dos incendios y saqueos que sufrió la Catedral en la II República. Y ya puestos en harina, comentamos la penosa demolición en los años 70 de monumentos como el cine Capitol (art decó), el palacio del Banco Central, la vieja plaza mayor y el medieval Alto de la Villa. Pero su indignación, y la mía, creció cuando le pregunté sobre el edificio ferial de 1783 («singular y único en Europa», coincidimos). El cual ha sufrido no solo la amputación de su bella Puerta de Hierros, sino la lamentable reforma de su circulo interior, sustituyendo su plaza porticada en hierro por cierres metálicos de espacios para consumir. Y no quedó ahí nuestro cabreo, porque al bellísimo templete modernista ferial de Daniel Rubio, pensado para interpretar música, le han adherido unos infumables toldos que lo convierten en una jaima de desenfreno. Antes de despedirnos, le recordé su lucha, a la que nos sumamos los alumnos del profesor Santamaria, para salvar la Posada del Rosario. Fue una alegría reencontrarme con un maestro como Luis Guillermo. Pero una pena inventariar juntos aquel Albacete irremediablemente perdido.