Fernando Fuentes


A casa

27/10/2020

Visto como está el patio, el auto confinamiento -gustoso y vocacional- es la única opción. En estos momentos caserear es lo mejor. Y sólo porque lo digan ellos, que también. Lo es porque las calles, ascensores, puertas de los colegios y hasta las sacrosantas barras de los bares de este país, se han convertido en lugares de alto riesgo. Y no me refiero -solamente- al peligro de contagiarnos del jodido virus, es casi peor ser víctimas de la tercera de las pandemias que nos está asolando desde hace meses. Y es que tras la sanitaria y la económica -que bien nos están sacudiendo, oiga- estamos ya siendo víctimas de la ¿penúltima? epidemia, hijas de este maldito 2020, que no es otra que la de la estupidez humana llevada hasta su extremo más insoportable. Todo está del revés desde bien temprano. Son poco más de las siete, pones la radio mientras desayunas y ya te mojas en el café con leche una buena ristra de tontunas vomitadas, al alimón, por políticos y tertuliamos. Así nos amanece. Sales a la calle y no tardas en recibir -por parte de amigos, conocidos o saludados- alguna opinión cuñadista que, por supuesto, no les has pedido. Y sientes como si una ráfaga de metralleta te atravesara de este a oeste. Es como si no pudiéramos estarnos callados. No terminarás la tarde sin que algún espontáneo -sea a la jeta, o vía tele, radio, mail o mensajería exprés- te obsequie con un buen ramillete de sentencias, de esas de juzgado de guardia. Y así todo el día. Y las semanas. Desde hace ocho meses. Al caer la noche, las tres pandemias -en perfecta y macabra sinergia- te hunden en el sofá de la desesperanza y el hartazón. Hoy ha sido así. Y lo será mañana y pasado. Hasta que llegue la vacuna o el meteorito. O qué sé yo. En fin, usted y yo -que hemos salido más que el sol y, por la noche, que el camión de la basura- sólo estaremos a salvo si nos quedarnos bajo el techo del mejor de los lugares no comunes. A casa.



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