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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


Siestas

04/05/2022

Don Quijote aconsejó a Sancho, antes de que el bueno de Panza aceptase el bastón de gobernación de su tan soñada ínsula, que comiese poco y cenase más poco. Buen consejo que ha traspasado la frontera de los siglos. Pero en mi tierra, por lo general, gustamos de comer sin tacañería y de cenar con largueza, por lo que aquí nos viene muy a propósito cumplir esta paremia que ya rezaba mi abuelo cuando yo era un niño: «Las comidas reposás y las cenas paseás».
Mi abuelo siempre dormía la siesta. Yo hago lo mismo. No sabría decir si la razón es genética o consuetudinaria, pero, tras muchos años de reposo posmeridiano, y mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que mis siestas son como las que tomaba mi abuelo. Las suyas, como las mías, eran tibias de salón y breves como un credo. Nada de siestas a lo Cela, con pijama, cama y orinal; las nuestras eran a lo Unamuno. Siestas de cuchara, así las llamaba el rector de Salamanca: al terminar de comer, don Miguel se acomodaba en su mecedora con una cucharilla de café sujeta entre el índice y el corazón con el fin de que, al poco tiempo de quedarse dormido, ya relajado el cuerpo, esta cayese al suelo y lo despertase el golpe metálico. Con unos pocos minutos era suficiente. El sillón en el que mi abuelo se quedaba traspuesto era una cátedra de Morfeo entre cuyos brazos dormía todas las sobremesas, y durante el sueño, que acompasaba con frágiles ronquidos de comida frugal, su cara adoptaba un rictus de placidez y vulnerabilidad. En mi salón también cuido con recelo de mi rincón siestero (académicos, tomen nota), al que, después de tomarme el café, me dirijo como a una querencia en la que mi cuerpo cae herido por los puyazos del cansancio y de la digestión recién iniciada.
Pero mis hogareñas cenas, sencillas, tempranas y acompañadas, son siempre de pijama, pantuflos y tele. Mis únicos paseos no trotan por las desangeladas calles de mi ciudad, sino por los cálidos pasillos de mi casa, y, tras la refección, el único ámbito visitable para mí es el del descanso mientras leo unas páginas o veo una buena película, así, justo como hacía mi abuelo, sentado en su sillón como un emperador agotado de años, antes de meterse en la cama.

ARCHIVADO EN: Genética, Salamanca