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Elena Serrallé

Elena Serrallé


Jada Pinkett Smith

30/03/2022

Seguramente hizo un esfuerzo titánico aquella tarde. Estoy convencida de que le costó horrores acicalarse, enfundarse el vestido, calzarse unos tacones de infarto e incluso maquillar una sonrisa en su rostro. Posiblemente le apetecía más quedarse cómodamente en casa o dar un paseo sin tener que aguantar las impertinencias de nadie. Quizá le dio hasta pereza asistir a esa gala, pero debía hacerlo, debía acompañar a su marido porque era uno de los nominados a mejor actor en los premios más importantes de la industria del cine.
Y de repente lleva dos días protagonizando comentarios a nivel planetario, ella, que posiblemente hubiera preferido quedarse en casa.
Tuvo que presenciar dos agresiones. La primera hacia su persona, viéndose obligada a escuchar cómo un presentador patético se mofaba de su alopecia. ¿Ese es el nivel? Nunca he entendido esa necesidad de algunos mal denominados cómicos que, en su afán por obtener las risas del público al precio que sea, no miden y recurren a la humillante vía de reírse del físico de otra persona. ¿Hay algo de humorístico en eso? No.
La segunda, la de su marido, el magnético Will Smith abofeteando al que se creyó gracioso. Ni lo entiendo ni lo justifico. Reacción totalmente desproporcionada. Un arrebato. Un impulso. Dolor en la cara de su mujer. Se equivocó el que fue príncipe de Bel Air. Ojo por ojo. Censuro a ambos.
Y ella, que posiblemente hubiera preferido quedarse en casa, demostró la clase, la dignidad y el saber estar que les faltó a aquellos dos agresores.

ARCHIVADO EN: Will Smith, Cine, Alopecia